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miércoles, 30 de junio de 2010

Estancia bajo protección.

Durante su estancia en el castillo de Criboa, se había dedicado a aprender las costumbres locales y la lengua, para no tener que depender del latín [...], pero no solo había aprendido esto, sino que se había dedicado a estudiar a Xabe, que, junto a Flaín, era el único eslabón de la delgada cadena que le ataba a su mundo.

La verdad es que no podía decirse que hubiera aprendido cosas de Xabe por las conversaciones mantenidas con él. Si bien era cierto que solían compartir el momento de la cena en la sala de guardias del castillo, ésta no era siempre cálida. Había días en los que Xabe parecía malhumorado y apenas soltaba prenda; otros se limitaba a contar su día y a preguntar por el de los demás.

Cuando esto ocurría, por regla general, siempre consistían en lo mismo: entrenamientos en el patio de armas con Diel, del cual rara vez se despegaba, paseos por el pueblo y ocasionalmente, internadas en la biblioteca del castillo, bajo supervisión de algún criado.
Sin embargo, cuando le preguntaba sobre qué era eso que buscaba en la biblioteca, se limitaba a sonreír sin mirarle a la cara y a apurar su cena. En ese punto terminaban las pocas conversaciones que surgían con el mercenario.

También puede decirse que había depurado aún más su técnica. Tras sufrir la herida en el combate contra los vikingos, había estado practicando ininterrumpidamente contra la diestra lanza de Diel para que su limitación se viera superada. Podría decirse que ahora los combates entre Diel y Xabe eran parte de la atracción de los guardias, tanto como para los nobles eran los bardos que llegaban a sus salas.

Yo tampoco me había quedado atrás, por supuesto. Si Diel y Xabe practicaban a diario, Flaín y yo también lo hacíamos con frecuencia, y aunque nuestros duelos no incluyeran lanzas en el arsenal, ambos notábamos progresión en nuestras técnicas.

domingo, 23 de agosto de 2009

Tras ella

Xabe llevaba días sin poder dormir una noche entera seguida. Desde que habían raptado a la maga blanca, y había salido en su busca, los nervios y la urgencia de llegar a por ella, no le dejaban dormir propiamente. Y si bien el querer recuperarla le daba fuerzas, la necesidad que le exigía descanso le restaba bastante capacidad física. Notaba sus piernas entumecidas de cabalgar tanto, su cuello le dolía de la mala postura al dormir mientras montaba, y no quería ni pensar en esgrimir ahora la espada. Sonaba a tortura.
Llevaba una semana sin descabalgar, pero ahora tendría que hacerlo a la fuerza, se había quedado sin carne desecada y su pan duro era demasiado duro y negruzco como para que lo comiera alguien que no se moviera de forma habitual a cuatro patas.

Al anochecer, empezó a pasar por delante de diversas granjas y haciendas. Ya estaban en época de siega en aquella zona del valle, y Xabe se asombró como en unos pocos días había cambiado el paisaje de las heladas tundras del norte al del interior, fértil y próspero como era. En una semana, no se había parado a pensar en lo mucho que le gustaba ese tipo de paisaje, había ido a galope la mayoría del tiempo, y sólo paraba lo suficiente como para dejar al caballo reposar, y sólo cuando no tenía ocasión de cambiar de montura en un pueblo cuando la suya ya estaba extenuada. Su montura actual la notaba fatigada, pero era un semental negro muy resistente por lo que había podido comprobar el mercenario, y estaba tratando de aguantar con él tanto tiempo como le fuera posible. Cogía cariño a los animales rápidamente, ni eran tan estúpidos como los hombres, ni tan ruidosos, y desde luego, nunca igual de traicioneros.

Se aproximó a un caserío cercano, donde un granjero estaba guardando las cabras en un corral para que pasaran la noche.
Al acercarse al granjero Xabe notó que le estaba mirando de reojo y que trataba de alargar la mano hacia un rastrillo que descansaba en la parte de corral mas cercana a la puerta del granjero. Debía temer que le matara para robarle alguna cabra. "Menudo idiota, como si mereciera la pena siquiera molestarse en matarle", pensó Xabe.

-Buenas noches buen hombre. Llevo días sin poder disfrutar de un buen lecho y necesito aprovisionarme. Le pagaré todo servicio que me preste - sacó un saquito de monedas que llevaba en las alforjas del caballo.

Al granjero le cambió la cara al ver el oro, aunque aún no se mostraba demasiado confiado.
- Está bien. Pasad dentro, se encuentra mi esposa preparando mi comida; la diré que cocine para vos también. Podéis dejar vuestra montura en aquellos establos.

Así lo hizo Xabe. Descabalgó, pues ya apenas notaba sus piernas (por no mencionar su entrepierna), y casi con un dolor que le aliviaba al caminar, acompañó a su negro corcel hacia el establo vacío que le había señalado el granjero.
Podía notar aún la mirada del granjero clavada en su nuca, pero realmente le daba igual.
El aire en esa granja le gustaba, traía un aroma que le recordaba a aquella vez que, camino a Castilla, había acampado cerca del Ebro.
Cogió el cepillo del establo y comenzó la labor con su montura. Le encantaba el pelaje su oscura montura, aparte de por su amor por el color negro, por lo suave de éste.
Estaba cansado, pero era fuerte, posiblemente le aguantaría hasta llegar a la capital, lo cual le hacía hasta ilusión.
Cenó con el granjero, su mujer y sus dos hijas, ambas tres bastante rollizas y de pelo grasiento. Al menos de hambre parecía que no iban a morir. Un grasiento lechazo al fuego fue la contundente cena, que desde luego, parecía fuera del alcance de una familia tan humilde. Debió ser el oro de Xabe lo que hizo que se siriviera tal cena. Le debía una a Xander por el oro.
Le cedieron un gran camastro que tenían vacío en una especie de almacén de herramientas.
"Será de algún difunto hijo por alguna enfermedad, o la guerra" - pensó el guerrero a medida que se iba quitando su coraza de cuero. Se dejó puesto su brazal negro en la mano derecha y los tintineantes cascabeles que la maga a la que perseguía le había dado.
"Dijo que me daría fuerza cuando no la viera en otro sitio... maldita magia, que difícil de comprender"
Se le hacía extraña su situación. Había llegado a tomar como amigos a Diel, Nuño, Flaín, Xander... y se había apresurado al salir del asedio de la torre cubierto por la magia de Gereviald, en cuanto se le había presentado la oportunidad de ir tras la secuestrada hechicera. Les había abanandonado a su suerte, a todos sus amigos, por esa mujer. Sabía que era importante para sus planes, lo decían las profecías, pero no sólo era eso por lo que había cruzado medio continente. Él, que siempre había estado solo, encariñado con una brujita de ojos claros, bonachona y dulce. Él, que siempre había tratado a las mujeres como un simple y burdo pasatiempo, dejándose su valiosa entrepierna en una cruzada para rescatar a una simple maga del núcleo donde sus más poderosos enemigos esperaban un movimiento de esa clase.
"Me estoy ablandando, me pasará factura" - pensó para sí mismo, sarcástico, antes de caer agotado en los brazos de Morfeo.

miércoles, 3 de junio de 2009

No te vayas...

Xabe había sentido como su aura se hacía más pequeña por instantes. Durante el fragor de la batalla, había sentido como la barrera que Zariand había establecido para defenderle se debilitaba, aunque en ningún momento había llegado a esfumarse por completo.
Había tratado durante 5 eternos minutos de llegar hasta donde la maga debía estar: no la veía.
Le habían rasgado el brazo izquierdo en su frenético batallar,y lo sentía entumecido, por lo que ni siquiera estaba capacitado para utilizar el cuchillo como arma; la espada, le resultaba pesada en el brazo derecho: los 3 días de batalla le estaban pasando factura.

Al fin la vio. Sangraba de un costado, y se batía en duelo con un mago enemigo. Podía apreciarse en los ropajes del mago que era un mago negro, y por lo que sabía de magia, poco podía hacer un mago blanco como Zariand contra un mago negro. Se dedicaba a defenderse, a reflectar ataques y a esquivar los que podía, porque la magia no es algo de lo que se pudiera abusar, y la maga llevaba 3 días sirviendose de ella para realizar curaciones y poner barreras.

Entonces fue cuando ella cayó, al ser su escudo mágico golpeado por una bola de fuego del hechicero.

-¿Y tú eres la maga que Gereviald encomendó a los rebeldes para protegerlos? ¡No eres más que escoria, y como escoria morirás!

Escupió a su cara, mientras una mueca asomaba su cara, disfrutando del momento, disfrutando al elegir cual sería el hechizo que acabaría con su rival.

Eso ya fue demasiado. Sabía Xabe que nunca un mortal debía batirse con un mago, pero había perdido el control al ver caer a Zariand al suelo. Aun sentía la barrera de la maga, y sabía que si la hubiera suprimido podría haber hecho frente a su rival... debería haberlo hecho.
Cien metros le separaban de su amada, cuando cogió su cuchillo y lo lanzó al mago. No sabía si iba a darle, pero tan sólo quería distraerle. El mago esquivó el cuchillo, divertido por el suicida ataque frontal. Sabía que iba a morir cuando miró al mago a la cara... tan sólo quería protegerla, se lo había prometido...

El mago concentró su energía en su puño derecho, que se iluminó ligeramente de un tono amarillento.
-Genial, al final será un rayo lo que me mate - pensó irónico el guerrero.
Si dejar de correr, intentó esquivar el ataque,tratando de saltar hacia la izquierda a la vez que el mago lanzó su ataque, pero no encontró fuerza en su cuerpo para completar la maniobra.
Le iba a freír todo el costado izquierdo...
Sintió calor en el costillar. Mucho calor, casi como si le estuvieran escaldando. Acuclillado en el suelo, comenzó a mirarse en busca de sangre, pero no halló rastro alguno. Su jubón estaba desgarrado, la cota de malla muy caliente, pero su piel estaba intacta.
Escuchó jadeos, vio la cara incrédula del mago, que no había sabido reaccionar a la inesperada supervivencia de Xabe ante su ataque mortal. Haciendo acopio de fuerzas, y con su otro cuchillo en mano, saltó desde su recogida postura de abajo a arriba, atravesando la garganta del mago con el puñal.
Cayó en un ruido sordo, haciendo que varios soldados cercanos interrumpieran sus refriegas sólo para ver a uno de los líderes del ejército de la Cámara caer.
Sacó el cuchillo de la garganta de su rival, y se lanzó corriendo a atender a su amada.
-¿Por qué no retiraste la barrera? ¿Estás loca?- la gritó desesperado, pensando en el destino que la podía haber seguido, y con lágrimas asomando su rostro, algunas de rabia, de alivio otras.
- Si no te cuido yo a tí... podría perder a la persona que me va a cuidar...

Él también sabía que ella era la que le había salvado de aquel hechizo mortal.. aunque no tenía tiempo de preguntarla ya que tras su respuesta, la joven cerró lentamente sus ojos, dejándose llevar por el cansancio.

Estaba viva, pero débil. Tenía que sacarla de allí como fuera.

miércoles, 14 de enero de 2009

Entrada...

Era realmente imponente. La visión de la capital del consejo, encajonada en los cauces de los ríos Ainel y su afluente, el Lanel, y a su vez emplazada en un alto, junto al punto donde se unían.
La impresión desde fuera era increible: encontrándose en cuesta desde las puertas de la ciudad, a la altura de los ríos, el terreno se elevaba gradualmente hasta llegar a la cámara dónde el Consejo se alojaba y reinaba, magnífica, resplaneciente en lo alto del barranco que separaba el fluir del Ainel con la cámara, de unos 25 metros de alto.
Podría decirse entonces que la capital era una enorme cuesta, con los barrios pobres y marginales cerca de las puertas, y a medida que ganabas en altura, se notaba también que ganabas en riqueza.
Era el estereotipo de ciudad clasista que Xabe despreciaba desde niño.
Y sin embargo, allí se encontraba, solo, dispuesto a irrumpir en aquella bulliciosa y poblada ciudad, donde hacerse invisible sería la única forma de conseguir su objetivo: rescatar a Zariand.

Estaba anocheciendo, y en breves darían el toque de queda en la ciudad, por lo que Xabe aceleró su paso hasta que estuvo suficientemente cerca de los guardias de la puerta como para que éstos pudieran reconocerlo.
Sentía el corazón en el puño. Si le reconocían en algún momento, se habría acabado la esperanza para él o para Zariand de salir de aquella infernal ciudad con vida.

Se refugió aún más en su oscura capucha, y disminuyó el paso para que su espada, ya especial de por sí, dejara de tintinear contra la cota de malla que llevaba bajo su capa negra.

Sabía que el Consejo había puesto precio a su cabeza, a la de Nuño y a la de Xander desde el altercado de la torre de Magia, y eso hacía que temiera aún más a los guardias, ya que tenían incentivos más que de sobra para rebanarle la cabeza si le descubrían. Por otro lado, lo último que debía esperar un guardia era que un rebelde se plantara en la capital de Corunor con todo despropósito... Pero, ¿y si el rapto de Zariand era una trampa?

En estos pensamientos andaba el mercenario sumido cuando una voz lo sacó de su ensimismamiento.

-¡Eh, tú!

Xabe se dio la vuelta lentamente hacia el foco de la exclamación.
Lo estaban señalando.

-¡Eh tú! ¿Qué asuntos traen a un forastero sin escolta hasta aquí?
-Eh... Vengo a alistarme en el ejército de Corunor -respondió tras apenas un instante.

El guardia se mostró escéptico. Quizá ese momento de duda le hubiera delatado.
-No sé... llevas una espada muy brillante como para ser un simple campesino que quiere alistarse, o un mercenario errante...-replicó el guardia tendiendo la mano hacia Isthir, que respondió al hombre con un pequeño calambre en la mano.
-No podrías blandirla. Es de.. linaje familiar y sólo los de mi sangre podemos blandirla.
-¡Maldito! ¡Mientes! -Y se abalanzó sobre Xabe trantando de desenfundar el acero del joven.

Un nueva descarga sorprendió al guardia. Xabe sonrió por la bonita runa que había tallado Gröder en el plano de su hoja y que impedía que nadie excepto él empuñara Isthir.

El guardia se mostraba curiosamente abatido, desanimado por no haber sido capaz de llevar a cabo su hurto.
-Si no puedo robarte ese arma, no me merece la pena retenerte más. Pasa.

El rebelde estaba apunto de retomar su camino cuando el guardia le puso un brazo en el hombro.
-Me suena tu cara... ¿te conozco de algo?

-Lo dudo.. vengo de la cordillera Medular, mi padre era leñador y trabajaba en las faldas de las montañas donde nace el Ainel.

Se había preparado esa historia desde hacía algún tiempo, por si le preguntaban por su origen,y quedó satisfecho con la cara del guardia, que parecía haberle creido.

-Una pregunta...

Harcheld le había dicho que debía encontrar a un hombre llamado Lufer,que le ayudaría a entrar a la Cámara,donde seguramente Zariand estaría retenida.

-¿Sabe donde puedo encontrar a Lufer?

-A estas horas, ya estará borracho en la taberna... es por allí, si quieres ir a verle de todos modos, aunque yo que tú no me molestaría.

Xabe retomó su camino con un peso menos en el alma y con la esperanza de que la embriaguez de su contacto no fuera demasiado elevada.

domingo, 11 de enero de 2009

Antes de la huida.

Era una noche estrellada en la isla de Skäsung, y Xabe yacía en los jardines de la torre de magia contemplando el cielo.Todo se veía igual que su antiguo mundo cuando miraba al cielo, parecía que nada había cambiado, que era todo como cuando era pequeño, y yacía cansado después de los entrenamientos de esgrima que recibía en Barcelona...

Xabe se incorporó al percibir que no estaba solo, sino que una figura se acercaba suavemente hacia él, apenas creando un mínimo revuelo entre los jovenes brotes de hierba que empezaban a salir tras un invierno largo, y que estaban suavemente humedecidos por el rocío de la noche.
No necesitaba preguntar de quien se trataba, ni siquiera mirarla a la cara.

-Zariand,¿no deberías dormir? Mañana nos espera un día duro.
-Lo mismo te digo Xabe. Además no eres quién para darme ordenes - replicó con un tono juguetón.
-Cierto. No soy el más indicado par hablar. Pero hay algo que me preocupa. ¿Qué va a ser de la torre si descubre el Consejo que Gereviald ha asesinado, aunque fuera en defensa propia a los dos magos más poderosos con los que contaban?
-Tranquilo. Gereviald es el mago más sabio que existe. Ha cuidado de la torre durante mas de 40 años, y no dejará que caiga ahora...

Xabe estaba consternado. Por muy poderoso que el mago fuera, Zariand estaba loca si pensaba que él solo podría contener las hordas del Consejo y proteger la torre por su cuenta.

-No lo entiendes...

-Creo que sí.

Si bien estaba preocupado por la torre y lo que ella significaba para la rebelión, más aún estaba preocupado por la seguridad de la acólita que la acompañaba, que había llegado a convertirse en una persona importante para él en un tiempo record.

-Yo no permaneceré aquí si ocurre algo -continuó la maga.

-¿Entonces...?

La acólita asintió.

Xabe lo comprendió al instante. Gereviald parecía haber accedido a la petición que le habían hecho él y Nuño a que les permitiera llevar un mago como representante de la torre de magia, y el destino había querido que fuera ella.